Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren
Daniel Bensaid
Nos encontramos con una doble responsabilidad: la transmisión
de una tradición amenazada por el conformismo, y la exploración
de los contornos inciertos del futuro
En el transcurso de la última década (desde la desintegración
de la Unión Soviética y la unificación alemana), algo
se terminó. Pero ¿qué? ¿El "siglo corto" del
que hablan los historiadores, iniciado con la Primera Guerra Mundial y terminado
con la caída del Muro de Berlín? ¿El corto período
que siguió a la Segunda Guerra Mundial, marcado por la bipolaridad
de la Guerra Fría e ilustrado, en los centros imperialistas, por la
acumulación y la regulación fordista? ¿O también
un gran ciclo dentro de la historia del capitalismo y del movimiento obrero,
abierto con el desarrollo capitalista de los años 1880, la expansión
colonial, y el surgimiento del movimiento obrero moderno simbolizado por
la formación de la IIª Internacional?
Los grandes enunciados estratégicos de los que aún somos hacedores
datan en gran parte de este período de formación, anterior
a la Primera Guerra Mundial: se trata del análisis del imperialismo
(Hilferding, Bauer, Rosa Luxemburgo, Lenin, Parvus, Trotsky, Bujarin), de
la cuestión nacional (Rosa Luxemburgo de nuevo, Lenin, Bauer, Ber
Borokov, Pannekoek, Strasser), de las relaciones partidos-sindicatos y del
parlamentarismo (Rosa Luxemburgo, Sorel, Jaurés, Nieuwenhuis, Lenin),
de la estrategia y los caminos del poder (Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo,
Lenin, Trotsky). Estas controversias son tan constitutivas de nuestra historia
como las de la dinámica conflictiva entre revolución y contrarrevolución
inaugurada por la Guerra Mundial y la Revolución Rusa.
Más allá de las diferencias de orientación y de las
opciones a menudo intensas, el movimiento obrero de esta época presentaba
una unidad relativa y compartía una cultura común. Se trata,
hoy en día, de saber qué queda de esta herencia, sin dueños
ni manual de uso. En un editorial muy poco claro de la New Left Review, Perry
Anderson estima que desde la Reforma el mundo nunca estuvo tan desprovisto
de alternativas de cara al orden dominante. Charles-André Udry, con
mayor precisión, constata que una de las características de
la situación actual es la desaparición de un movimiento obrero
internacional independiente. Estamos entonces en medio de una transición
incierta, donde lo viejo agoniza sin ser abolido, y donde lo nuevo se esfuerza
en surgir, atrapado entre un pasado no superado, por un lado, y por la necesidad
cada vez más acuciante de un programa de trabajo autónomo,
que permita orientarse en el mundo que emerge frente a nuestros ojos, por
el otro. Debido al debilitamiento de las tradiciones del antiguo movimiento
obrero es, en efecto, grande el peligro de resignarnos ante la mediocridad
de nuestros interlocutores y contentarnos con algunas conquistas de eficacia
comprobadamente polémica. Por cierto, la teoría vive de los
debates y confrontaciones: siempre somos tributarios de sus defensores y
sus adversarios. Pero esta dependencia es relativa.
Es fácil constatar que las grandes fuerzas políticas de la
izquierda plural, el Partido Socialista, el Partido Comunista, los Verdes,
son bastante poco estimulantes cuando se trata de abordar los problemas de
fondo. Pero también hay que recordar que, a pesar de sus ingenuidades
y a veces de sus excesos juveniles, los debates de la extrema izquierda de
los años setenta eran mucho más enriquecedores.
Hemos iniciado entonces el peligroso tránsito de una época
a la otra y nos encontramos en el medio del río, con el doble imperativo
de no permitir la pérdida de la herencia y de estar dispuestos a recibir
lo nuevo a inventar. Nos encontramos entonces comprometidos y con una doble
responsabilidad: de transmisión de una tradición amenazada
por el conformismo, y de exploración de los contornos inciertos del
futuro. A riesgo de parecer chocante, me gustaría encarar esta terrible
prueba con un espíritu que calificaría como de "dogmatismo
abierto". "Dogmatismo", porque, aun si esa palabra tiene mala prensa (según
el sentido común mediático, siempre vale más ser abierto
que cerrado, light que pesado, flexible que rígido), en toda teoría,
la resistencia a las ideas en boga tiene sus virtudes: el desafio a las impresiones
versátiles y los efectos de modas exige plantar serias refutaciones
antes de cambiar de paradigma. "Abierto", porque no se trata de conservar
religiosamente un discurso doctrinario, sino de enriquecer y de transformar
una visión del mundo ensayando prácticas necesariamente renovadas.
Propondría entonces, a modo de ejercicio, cinco teoremas de la resistencia
a las ideas en boga cuya forma subraya deliberadamente el necesario trabajo
por la negativa.
1. El imperialismo no se disuelve en la mundialización mercantil.
2. El comunismo no se disuelve en la caída del stalinismo.
3. La lucha de clases no se disuelve en a las identidades comunitarias.
4. La diferencia conflictiva no se disuelve en la diversidad ambivalente.
5. La política no se disuelve en la ética ni en la estética.
Frente a postulados indemostrables que requieren la aprobación del
interlocutor, o de axiomas que apelan a la fuerza de la evidencia, los teoremas
son proposiciones demostrables. Los escolios subrayan ciertas consecuencias
de las mismas.
TEOREMA 1: El imperialismo no se disuelve en la mundialización
mercantil.
El imperialismo es la forma política de la dominación que corresponde
al desarrollo desigual y combinado de la acumulación capitalista.
Este capitalismo moderno cambia de apariencia. No desaparece. Pasó,
en el transcurso de los siglos pasados, por tres grandes etapas: la de las
conquistas coloniales y de las ocupaciones territoriales (imperios coloniales
francés y británico); la de la dominación del capital
financiero o "estadio supremo del capitalismo" analizado por Hilferding y
Lenin (fusión del capital industrial y bancario, exportación
de capitales, importación de materias primas); después de la
Segunda Guerra Mundial, la de la dominación compartida del mundo,
de las independencias formales y del desarrollo dominado.(1)
La secuencia abierta por la Revolución Rusa finalizó. Una nueva
fase de la mundialización imperial, que se reenlaza con las lógicas
de la dominación financiera aparecidas antes de 1914, está
a la orden del día. La hegemonía imperial se ejerce de ahora
en delante de múltiples modos: por la dominación financiera
y monetaria (que permite controlar los mecanismos del crédito), por
la dominación científica y técnica (casi monopolio sobre
las patentes), por el control de los recursos naturales (aprovisionamiento
energético, control de las vías comerciales, patentado de los
organismos vivos), por el ejercicio de una hegemonía cultural (reforzada
por el desarrollo mediático desigual) y, en última instancia,
por el ejercicio de la supremacía militar (ostensiblemente puesta
en escena en las guerras del Golfo o de los Balcanes).(2)
Dentro de esta nueva configuración del imperialismo mundializado,
la subordinación directa de los territorios se muestra secundaria
con respecto al control de los mercados. De eso resulta un desarrollo muy
desigual y muy mal combinado, nuevas relaciones de soberanía (mecanismo
disciplinario de la deuda, dependencia energética, alimentaria, sanitaria,
pactos militares), y una nueva división internacional del trabajo.
Países que podían parecer, hacía veinte o treinta años,
los menos mal iniciados en el camino del desarrollo anunciado, se encuentran
de vuelta atrapados por la espiral del subdesarrollo. La Argentina volvió
a ser un país principalmente exportador de materias primas (la soja
se convirtió en su primer producto de exportación). Egipto,
que se vanagloriaba en la época de Nasser de su soberanía recuperada
(simbolizada por el canal de Suez), de sus éxitos en la alfabetización
(proveyendo ingenieros y médicos para los países del Medio
Oriente) y de comienzos de una industrialización industrializante
(como Argelia bajo Boumedienne), se está convirtiendo en un paraíso
para los operadores turísticos. De Argelia mejor ni hablar... Después
de las dos crisis de la deuda (1982 y 1994) y la integración al NAFTA,
México aparece, más que nunca, como el patio trasero del "coloso
del Norte".
La metamorfosis de las relaciones de dominación y de dependencia se
traduce especialmente a través de la transformación geoestratégica
y tecnológica de las guerras. En la época de la Segunda Guerra
Mundial, ya no era posible hablar de guerra en singular y de una sola línea
de frentes, sino de varias guerras imbricadas unas con otras.(3) Con mayor
razón, desde el fin de la Guerra Fría, las apuestas mezcladas
de los conflictos impiden cualquier aproximación maniquea en términos
de buenos y malos.
El "bibloquismo" implicaba una nefasta sumatoria simplificadora para delimitar
el propio dominio, siguiendo una pobre lógica binaria de la guerra.
Todos los conflictos recientes, abordados dentro de la combinación
singular de sus apuestas y de sus contradicciones múltiples, nos ilustran
acerca de la imposibilidad de ir más allá de una respuesta
única que expresaría el punto de vista de un dios que todo
lo ve (o de una Internacional concebida como su encarnación laicizada).
Si la lógica de guerra depende de una comprensión común,
de uno y otro lado de las líneas de fuego, esta comprensión
cae a causa de orientaciones prácticas diferenciadas, según
la situación concreta de cada protagonista.
En el momento de la Guerra de las Malvinas, la oposición a la expedición
imperial de la Inglaterra de Thatcher no obligaba de ninguna manera a los
revolucionarios argentinos a apoyar la fuga hacia delante de sus dictadores
militares. En el conflicto entre Irán e Irak, el derrotismo revolucionario
se imponía frente a esas dos formas de despotismo. En la Guerra del
Golfo, la oposición internacional a la operación "Tormenta
del Desierto" no implicaba sostén alguno al régimen despótico
de Saddam Hussein. Mucho más claro todavía, frente a la intervención
de la OTAN en los Balcanes, una comprensión común de la situación
debía conducir a la vez a París, Londres, Nueva York o Roma
a oponerse a los bombardeos, a apoyar a los jóvenes desertores serbios
y a la resistencia armada de los kosovares en su derecho a la autodeterminación.
La mundialización provoca también consecuencias en la estructura
de los conflictos. No estamos más en la era de las guerras de liberación
y de oposiciones relativamente simples entre dominadores y dominados. De
ello resulta un entrecruzamiento de los intereses y una rápida reversibilidad
de las posiciones. Es una razón evidente para hacer un balance pormenorizado
y extraer algunas lecciones de las dudas, de los errores (a veces), y de
las dificultades que pudimos encontrar para situarnos dentro de los conflictos
de los últimos años.
Tanto más puesto que el nuevo discurso de la guerra imperial tiende
a reemplazar la retórica de la "guerra justa" por el imperativo categórico
de una guerra santa, donde el veredicto del Juicio final sería sustituido
por el de una Humanidad con mayúscula ventrílocua. Es la lógica
misma de la cruzada "ética" predicada por Tony Blair, Bernard Henri
Lévy, o Daniel Cohn Bendit: la confusión de la moral con el
derecho, como la desaparición de la política entre las fatalidades
de un mercado autómata y las "obligaciones ilimitadas" de una ética
de la dominación imperial. Si es cierto que "el arma es la esencia
de los combatientes", esta guerra nueva, donde el riesgo de morir no es recíproco,
tan abrumadora es la supremacía de la tecnología, donde la
diferencia entre combatientes y civiles se borra bajo los rayos del castigo
aéreo, anuncia barbaridades inéditas. Todavía no poseemos
las claves de la morfogénesis del universo político estratégico
que ha comenzado.
COROLARIO 1.1: LA SOBERANÍA DEMOCRÁTICA NO SE DISUELVE EN LA
HUMANIDAD CON MAYÚSCULA.
Hubo un tiempo cuando algunos pretendían administrar la Justicia en
nombre de la Historia con mayúscula. Otros (a veces los mismos) pretenden
hoy administrarla en nombre de la Humanidad con mayúscula. ¿De
dónde se arrogan el derecho de hablar y de juzgar en su nombre? La
humanidad no es una sustancia de la que podamos apropiarnos, sino un devenir,
una construcción, un proceso de humanización que se desarrolla
a través del derecho, las costumbres, las instituciones, en una larga
tarea de unificación de las multiplicidades humanas. Entre tanto,
invocar una legitimidad humanitaria sirve a veces de máscara a los
intereses del poder imperial. En ese sentido, Alain Madelin pudo proclamar
con franqueza que la operación Fuerza Aliada "marca el ocaso de una
concepción determinada de la política, del Estado y del Derecho":
"A partir de ahora, el único soberano absoluto, es el hombre."
Pero, ¿de qué hombre se trata? ¿De un hombre abstracto,
sin atributos, sin historia, sin pertenencias sociales? El derecho del más
débil así reivindicado aparece extremadamente idéntico
a la moral del más fuerte. Dentro del proceso de mundialización
desigual, justifica la injerencia del fuerte en el débil y la negación
unilateral de las soberanías democráticas.
COROLARIO 1.2: EL DERECHO INTERNACIONAL NO SE DISUELVE EN LA ÉTICA
HUMANITARIA.
Aún cuando la función de los Estados Nación tal como
se constituyó en el siglo XIX está sin lugar a dudas transformada
y debilitada, la era del derecho internacional interestatal no está
sin embargo permitida. Paradójicamente, Europa ha visto, en estos
diez últimos años, surgir más de diez nuevos estados
formalmente soberanos y trazarse más de quince mil kilómetros
de fronteras nuevas. La reivindicación del derecho a la autodeterminación
para los bosnios, los kosovares o los chechenos, queda a todas luces, como
una reivindicación de soberanía. Es esta contradicción
la que tiende a hacer olvidar la noción peyorativa de "soberanismo"
bajo la cual se confunden nacionalismos y chauvinismos nauseabundos con la
aspiración democrática legítima a tener una soberanía
política que ofrezca resistencia a la pura competencia de todos contra
todos.
El derecho internacional todavía está llamado a encaminarse
en forma duradera sobre sus dos pilares o a conjugar dos legitimidades: aquella,
emergente, de los derechos universales del hombre y del ciudadano (de los
cuales, ciertas instituciones como la Corte Penal Internacional constituyen
cristalizaciones parciales); y la de las relaciones interestatales (cuyo
principio se remonta al discurso kantiano acerca de la "paz perpetua"), sobre
los cuales reposan instituciones tales como la Organización de las
Naciones Unidas. Sin atribuir a la ONU virtudes que no tiene (y sin olvidar
el balance desastroso de su actuación en Bosnia, Somalia o Ruanda),
hay que constatar que uno de los fines perseguidos por las potencias comprometidas
en la operación Fuerza Aliada era modificar la arquitectura del nuevo
orden imperial en beneficio de nuevos pilares que son la OTAN (cuya misión
ha sido redefinida y ampliada durante la cumbre por su cincuentenario en
Washington) y la Organización Mundial del Comercio.
Heredera de las relaciones de fuerzas surgidas de la Segunda Guerra Mundial,
sin ninguna duda, la ONU debe ser reformada y democratizada (el antiparlamentarismo
no impide proponer a escala nacional reformas democráticas del modo
de escrutinio como la proporcionalidad y la feminización), en beneficio
de la Asamblea General y contra el club cerrado del Consejo Permanente de
Seguridad. No para pretender conferirle una legitimidad legislativa internacional,
sino para actuar de manera que una representación por cierto imperfecta
de la "comunidad internacional" refleje la diversidad de los intereses y
de los puntos de vista (como lo ilustró, en abril, la toma de posición
de los 77 contra el uso unilateral del "derecho de injerencia"). De la misma
manera, es urgente desarrollar una reflexión acerca, de las instituciones
políticas europeas y acerca de las instituciones judiciales internacionales
como el Tribunal de La Haya, los tribunales penales de excepción y
la futura Corte Penal Internacional.
ESCOLIO.
Actualizar la noción de imperialismo no solamente desde el punto de
vista de las relaciones de dominación económica (evidentes),
sino como sistema global de dominación (tecnológica, ecológica,
militar, geoestratégica, institucional) es de capital importancia,
precisamente cuando cabezas que parecían bien amuebladas consideran
que esta categoría se volvió obsoleta con el derrumbe de su
doble burocrático en el Este, y que el mundo se organiza, de ahora
en adelante, en torno a una oposición entre democracias sin adjetivos
(dicho de otra manera, occidentales) y barbarie.
Mary Kaldor, quien fue, al comienzo de los años ochenta, conjuntamente
con E. P. Thompson, una de las impulsoras de la campaña por el desarme
nuclear contra el "exterminismo" y el despliegue de los pershing, afirma
hoy que "la distinción característica de la era westfaliana
entre paz interior y guerra exterior, ley doméstica ordenada y anarquía
internacional, se acabó con la Guerra Fría." Habríamos
entrado, a partir de ahora, en una era de "progreso regular hacia un régimen
legal global". Es lo que algunos llaman, sin temor a la contradicción
en los términos, un "imperialismo ético" y la misma Mary Kaldor,
"un imperialismo benigno". Al denunciar "el antiimperialismo pavloviano"
de los opositores de la intervención de la OTAN en los Balcanes, Alain
Brossat está en la misma línea. Más generalmente, la
campaña mediática orquestada en esta ocasión se nutrió
de un efecto zoom, de focalización de lo minúsculo, respecto
del sufrimiento inmediato (real e intolerable) de los kosovares para eclipsar
la profundidad de perspectiva histórica y el contexto internacional,
reduciendo de esa manera el acontecimiento a un presente sin raíces
y el discurso a una interpelación ética despolitizada.
La negación de la relación de dominación imperial es,
en efecto, la condición ideológica que permite modificar los
enunciados del conflicto y de reorganizar la visión del mundo alrededor
de una oposición entre el Bien (Occidente, las democracias, la civilización)
y el Mal (el totalitarismo, los "estados delincuentes" tan caros a la retórica
norteamericana, la barbarie). Toda intervención militar está
entonces justificada de entrada como defensa de la civilización y
expedición puramente punitiva contra los delincuentes internacionales
o los terroristas (anteayer Panamá, ayer el Golfo, mañana ¿Colombia?).
TEOREMA 2: EL COMUNISMO (CUALQUIERA SEA LA PALABRA CON LA QUE SE LO DEFINA)
NO SE DISUELVE EN LA CAÍDA DEL STALINISMO.
La ideología de la contrarreforma liberal, así como se esfuerza
en disolver el imperialismo a la competencia leal de la mundialización
mercantil, pretende disolver el comunismo en el stalinismo. El despotismo
burocrático sería entonces el simple desarrollo lógico
de la aventura revolucionaria, y Stalin el hijo legítimo de Lenin
o Marx. Según esta genealogía del concepto, la idea conduce
al mundo. El desarrollo histórico y el desastre oscuro del stalinismo
se encontrarían ya en potencia en las nociones de la dictadura del
proletariado o del partido de vanguardia.
Una teoría social nunca es más que una interpretación
crítica de una época. Si se deben buscar las lagunas y las
debilidades que la hicieron perder fuerza frente a las evidencias, por cierto
aleatorias, de la historia, no se podría juzgar esa teoría
según los criterios anacrónicos de otra época. De esta
manera, las contradicciones de la democracia, heredadas de la Revolución
Francesa, lo impensado del pluralismo organizado, su confusión del
pueblo, del partido del Estado, la fusión decretada de lo social y
lo político, la ceguera frente al peligro burocrático (subestimado
en relación con el peligro principal de la restauración capitalista),
habrán sido propicias a la contrarrevolución burocrática
en la Rusia de los treinta.
Hay en este proceso termidoriano, elementos de continuidad y de discontinuidad.
Sujeta a un número indeterminado de controversias, la dificultad para
fechar con precisión el triunfo de la reacción burocrática
remite a la asimetría entre revolución y contrarrevolución.
La contrarrevolución no es en efecto el hecho inverso o la imagen
invertida de la revolución, una especie de revolución al revés.
Como muy bien lo dice Joseph de Maistre (quien sabía de eso) a propósito
del Termidor de la Revolución Francesa, la contrarrevolución
no es una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de una
revolución. Ella depende de una temporalidad propia donde las rupturas
se acumulan y se complementan.
Si Trotsky remonta a la muerte de Lenin el comienzo de la reacción
termidoriana, él mismo estima que la contrarrevolución no se
consumó sino al comienzo de los años treinta, con la victoria
del nazismo en Alemania, el proceso de Moscú, las grandes purgas y
el año terrible de 1937. En su análisis de Los Orígenes
del Totalitarismo, Hannah Arendt establece una cronología parecida,
que fecha en 1933 o 1934 el advenimiento del totalitarismo burocrático
propiamente dicho. Trabajos historiográficos más recientes,
como los de Mikhail Gueíter, basados en la experiencia personal y
la apertura de los archivos soviéticos llegan, aunque con otras categorías,
a conclusiones en el mismo sentido. En Russia, URSS, Russia, Moshe Lewin
saca a la luz la explosión cuantitativa del aparato burocrático
del Estado a partir del fin de los años veinte. En los años
treinta, la represión contra el movimiento popular cambia de escala.
No es la simple prolongación de lo que prefiguraban las prácticas
de la Tcheka o la cárcel política de las Solovki, sino un salto
cualitativo por el cual la burocracia de Estado destruye y devora al partido
que había creído poder controlarla.
La discontinuidad demostrada por esta contrarrevolución burocrática
es capital desde un triple punto de vista. En cuanto al pasado: la inteligibilidad
de la historia que no es un relato delirante contado por un loco, sino el
resultado de fenómenos sociales, de conflictos de intereses de salida
incierta, de acontecimientos decisivos donde no solamente lo conceptual,
sino las masas están en juego. Respecto del presente: las consecuencias
en cadena de la contrarrevolución stalinista contaminaron toda una
época y pervirtieron por largo tiempo al movimiento obrero internacional.
Muchas paradojas y callejones sin salida del presente (comenzando por las
crisis recurrentes de los Balcanes) no son entendibles sin la comprensión
histórica del stalinismo. Finalmente, respecto del futuro: las consecuencias
de esta contrarrevolución, donde el peligro burocrático se
revela en su dimensión inédita, pesarán todavía
durante un largo tiempo sobre los hombres de las nuevas generaciones. Como
lo escribe Eric Hobsbawm, "no se podría comprender la historia del
corto siglo veinte sin la Revolución Rusa y sus efectos directos e
indirectos".
COROLARIO 2.1: La democracia socialista no puede ser subsumida al estatismo
democrático.
Hacer aparecer a la contrarrevolución stalinista como consecuencia
de los vicios originales de "leninismo" (noción forjada por Zinoviev
en el Vº Congreso de la Internacional Comunista, después de la
muerte de Lenin, para legitimar la nueva ortodoxia de la razón de
Estado) no es solo históricamente errado, es también peligroso
para el futuro. Sería entonces suficiente haber comprendido y corregido
los errores para prevenir los "vicios profesionales del poder" y garantizar
una sociedad transparente.
Si se renuncia al espejismo de la abundancia esa es la lección necesaria
de esta desastrosa experiencia que dispensaría a la sociedad de las
elecciones y los arbitrajes (si las necesidades son históricas, la
noción de abundancia es fuertemente relativa); si se abandona la hipótesis
de una transparencia democrática absoluta, fundada sobre la homogeneidad
del pueblo (o del proletariado liberado) y la abolición rápida
del Estado; si, finalmente, se sacan todas consecuencias de "la discordancia
de los tiempos" (las elecciones económicas, ecológicas, jurídicas,
las costumbres, las mentalidades, el arte identifican temporalidades distintas;
las contradicciones de género y de generación no se resuelven
de la misma manera y al mismo ritmo que las contradicciones de clase), entonces
se debe concluir que la hipótesis del debilitamiento del Estado y
del derecho, en tanto esferas separadas, no significa su abolición
decretada, so pena de ver estatizarse la sociedad y no socializarse el poder.
Pues la burocracia no es la consecuencia molesta de una idea falsa, sino
un fenómeno social. Por cierto revistió una forma particular
dentro de la acumulación primitiva en Rusia o en China, pero tiene
raíces en la escasez y en la división del trabajo. Se manifiesta
en diversas formas y en distintos grados de manera universal.
Esta terrible lección histórica debe conducir a la profundización
de las consecuencias programáticas extraídas a partir de 1979
con el documento de la IVª Internacional, Democracia socialista y dictadura
del proletariado, que se refieren específicamente al pluralismo político
de principio, la independencia y la autonomía de los movimientos sociales
con respecto al Estado y a los partidos, la cultura del derecho y la separación
de poderes. La noción de "dictadura del proletariado", evoca, dentro
del vocabulario político del siglo XIX, una institución legal:
el poder de excepción temporal designado por el Senado romano antinómico
de la tiranía, que es entonces el nombre del poder arbitrario.(4)
Está sin embargo demasiado cargada de ambigüedades iniciales
y asociada en adelante a experiencias históricas demasiado urticantes
como para ser usada todavía. Esta constatación no podría
sin embargo dispensarnos de replantear la cuestión de la democracia
mayoritaria, de la relación entre lo social y lo político,
de las condiciones de debilitamiento de la dominación a la que la
dictadura del proletariado, bajo la forma "finalmente encontrada" de la Comuna
de París, parecía haber dado una respuesta.
ESCOLIO 2.1.
La idea de que el stalinismo es algo así como una contrarrevolución
burocrática, y no una simple evolución más o menos irreversible
del régimen surgido de Octubre, está lejos de contar con el
consenso general. Todo lo contrario: contra reformadores liberales y stalinistas
arrepentidos se oponen, coinciden en ver en la reacción stalinista
la prolongación legítima de la revolución bolchevique.
Es en efecto la conclusión a la que llegan los "renovadores" post
stalinistas cuando se obstinan en pensar al stalinismo principalmente como
una "desviación teórica" y no como una formidable reacción
social. Ya era el caso de Althusser, en su Respuesta a John Lewis que hacía
del stalinismo una desviación economicista. A causa de su formalismo
en fidelidad al hecho comunista inicial, Alain Badiou sigue siendo incapaz
de producir un análisis histórico del porqué y del cómo
las "secuencias" inauguradas por Octubre o por la revolución china
pudieron interrumpirse. Roger Martelli ve por lo pronto en el stalinismo
una mutación de la forma partido. Por no dimensionar su rol contrarrevolucionario,
Alain Badiou termina situando el "apogeo del comunismo"... ¡después
de 1945! En cuanto a Lucien Séve, él estima que la etapa "socialista",
concebida como etapa previa a la sociedad comunista se apartaba de ella en
lugar de acercarse, bajo las formas de estado gemelas, socialdemócrata
y stalinista. Esta última consideración podría proveer
material para un debate profundo a condición de articular esta crítica,
formal y abstracta en Commencer par les fins, a los debates históricos
y estratégicos del período de entreguerras acerca de la revolución
permanente y el socialismo en un solo país, no solamente a partir
de Trotsky sino también de Gramsci o de Mariátegui.(5) Una
vez más, el acento puesto sobre un "error" teórico, desligado
de los procesos históricos y sociales de burocratización, sugiere
que sería suficiente corregir dicho error para conjurar el peligro
burocrático.
El método de la "desviación teórica", al perpetuar el
paréntesis en el análisis político de la contrarrevolución
burocrática, se compromete en una búsqueda del pecado teórico
original y trae como consecuencia una liquidación recurrente no solamente
del "leninismo", sino, en gran medida, del marxismo revolucionario o de la
herencia del iluminismo: de culpar a Lenin, se pasa rápidamente a
culpar a Marx... ¡o de culpar a Rousseau! Si, como escribe Martelli,
el stalinismo es primero el fruto de un "desconocimiento", bastaría
con una mejor lucidez teórica para prevenir los vicios profesionales
del poder burocrático.(6) Sería demasiado, excesivamente simple.
ESCOLIO 2.2.
La publicación francesa de Historia del Siglo XX de Eric Hobsbawm
fue bienvenida por la izquierda como una obra con salud intelectual, como
réplica a la historiografía furetista y a la judicialización
histórica al estilo de Stephane Courtois. Esta bien merecida recepción,
a menudo teñida de alivio, sin embargo corre el riesgo de dejar sin
aclarar la parte sumamente problemática de Historia del Siglo XX.
Hobsbawm no niega, por cierto, la responsabilidad de los sepultureros termidorianos,
pero la minimiza, como si lo que sucedió hubiera tenido que suceder
en virtud de las leyes objetivas de la historia. Apenas vislumbra lo que
se hubiera podido hacer de diferente.
Y así llega Hobsbawm a lo que él considera como la paradoja
de este extraño siglo: "El resultado más perdurable de la Revolución
de Octubre fue salvar a su adversario en la guerra como en la paz, incitándolo
a reformarse.(7) Como si se tratara allí de un desarrollo natural
de la revolución y no del resultado no fatal de formidables conflictos
sociales y políticos, de los cuales ¡la contrarrevolución
stalinista no es el menor! La objetivación de la historia que sobrevino
llega a la lógica conclusión de considerar que, en 1920, "los
bolcheviques cometieron un error, que al mirarlo retrospectivamente, parece
capital: la división del movimiento obrero internacional".(8) Si las
circunstancias en las cuales fueron adoptadas y aplicadas las veintiuna condiciones
de adhesión a la Internacional Comunista exigen un examen crítico,
no pudiésemos sin embargo imputar lo divino del movimiento obrero
internacional a una voluntad ideológica o a un error doctrinario,
sino al choque fundacional de la revolución y a la línea divisoria
de aguas entre los que asumieron su defensa (crítica como Rosa Luxemburgo)
y los que se asociaron poco o nada a la santa alianza imperialista. El historicismo
de Hobsbawm surge de la misma problemática que lleva a algunos, en
Francia a proyectar, convencidos, "un congreso de Tours al revés".
Si el período de entreguerras significa para él una "guerra
civil ideológica a escala internacional", no enfrenta las clases fundamentales,
el capital y la revolución social, sino valores: progreso y reacción,
antifascismo y fascismo. Se trata en consecuencia de reagrupar "un extraordinario
abanico de fuerzas".
Dentro de esta perspectiva queda poco espacio para un balance crítico
de la revolución alemana, de la revolución china de 1926/27,
de la guerra civil española y de los frentes populares.
Al no analizar desde lo social la contrarrevolución stalinista, Hobsbawm
se contenta con constatar que, a partir de los años veinte, "cuando
se asentó la polvareda de las batallas, el antiguo imperio ortodoxo
de los zares resurgió intacto, en lo esencial, pero bajo la autoridad
de los bocheviques." Por el contrario, no es sino en 1956, con el aplastamiento
de la revolución húngara, que "la tradición de la revolución
social se agotó" y que "la desintegración del movimiento internacional
que le era fiel" constituye la prueba de la "extinción de la revolución
mundial" como la de un fuego que se apaga solo. En resumidas cuentas ¡"es
sobretodo por la organización que el bolchevismo de Lenin habrá
cambiado el mundo". Con esta frase fúnebre se sustrae otra vez una
crítica seria de la burocracia, simplemente considerada de paso, como
un "inconveniente" de la economía planificada fundada en la propiedad
social ¡como si esta propiedad fuera realmente social y como si la
burocracia fuera un gasto pequeño y lamentable en lugar de considerarlo
un peligro político contrarrevolucionario!
El trabajo de Hobsbawm se sitúa de esta manera en la perspectiva de
una "historia historiadora", más que de una historia crítica
o estratégica capaz de descubrir las opciones posibles en las grandes
bifurcaciones de los hechos.
En Trotsky vivant, Fierre Naville subraya muy fuertemente el alcance de este
sesgo metodológico: "Los defensores del hecho consumado, quienesquiera
que fuesen, tienen una visión más corta que los hombres políticos.
El marxismo activo y militante predispone a una óptica a menudo contraria
a la de la historia." Lo que Trotsky llamaba "prognosis", recuerda Naville,
se parece más a la anticipación profética que a la predicción
o al pronóstico. Los mismos historiadores, que encuentran natural
el sentido del hecho cuando el movimiento revolucionario va viento en popa,
le buscan inconvenientes cuando las cosas se complican y se hace necesario
saber remar contra la corriente. Les cuesta muchísimo concebir el
imperativo político de "esbozar la historia a contrapelo" (según
la fórmula de Walter Benjamín). "Esto da a la historia, comenta
Naville, la posibilidad de desplegar su sabiduría retrospectiva, enumerando
y catalogando los hechos, las omisiones, los desaciertos. Pero, lamentablemente,
estos historiadores se abstienen de indicar la vía correcta que habría
permitido conducir a un moderado a la victoria revolucionaria, o, al contrario,
indicar una política revolucionaria razonable y victoriosa dentro
de un período termidoriano.
ESCOLIO 2.3.
Sería útil algo que poco hizo nuestro movimiento: llevar una
discusión más profunda acerca de la noción de totalitarismo
en general (de sus relaciones con la época del imperialismo moderno),
y sobre la del totalitarismo burocrático en particular. Nos sorprendemos,
en efecto, cuando releemos las obras de Trotsky, por el uso frecuente de
esta categoría, con la cual, en Stalin, acuña magistralmente
la máxima ("¡la sociedad soy yo!") sin dar precisión
a su status teórico. El concepto podría considerarse muy útil
para pensar a la vez ciertas tendencias contemporáneas (pulverización
de las clases en masas, etnización y deterioro tendencial de la política)
analizadas por Hannah Arendt en su trilogía sobre los orígenes
del totalitarismo, y la forma particular que ellas pudieron mostrar en el
caso del totalitarismo burocrático. Esto permitiría también
que un uso vulgar y demasiado flexible de esta noción útil
sirviera para legitimar ideológicamente la oposición entre
democracia (sin calificativos ni adjetivos, en consecuencia burguesa, realmente
existente) y totalitarismo como la única causa pertinente de nuestro
tiempo.
ESCOLIO 2.4.
Insistir en la noción de contrarrevolución burocrática
no implica de ninguna manera cerrarse a un debate más pormenorizado
sobre el balance de las revoluciones en el siglo. Se trata, al contrario,
de retomarlo desde una perspectiva renovada gracias a un replanteamiento
crítico mejorado.(9) Los diferentes intentos de elucidación
teórica (teoría del capitalismo de Estado, de Mattick a Tony
Cliff, de la nueva clase explotadora, de Rizzi a Burnham o Castoriadis, o
del Estado obrero degenerado de Trotsky a Mandel), si pudieron tener consecuencias
importantes en términos de orientaciones prácticas, son todas
compatibles, mediante correcciones, con el diagnóstico de una contrarrevolución
stalinista. Si Catherine Samary nos propone hoy la idea de que la lucha contra
la nomenclatura en el poder exigía una nueva revolución social
y no solamente una revolución política, no se trata, sin embargo,
de una simple modificación terminológica. Según la tesis
de Trotsky, enriquecida por Mandel, la contradicción principal de
la sociedad de transición se situaba entre la forma socializada de
la economía planificada y las normas burguesas de distribución
en el origen de los privilegios y del parasitismo burocrático. La
"revolución política" consistía entonces en ubicar la
superestructura política conforme con la infraestructura social adquirida.
Es olvidar, subraya Antoine Artous, que "en las sociedades post capitalistas
[no solamente en esas sociedades que más valdría no calificar
de "post", como si ellas vinieran cronológicamente después
del capitalismo, cuando, en realidad, están determinadas por las contradicciones
de la acumulación capitalista mundial. D.B.], el Estado es parte integral
en el sentido en que juega un rol determinante en la estructuración
de las relaciones de producción; y es por este sesgo que, más
allá de la forma salarial común, la burocracia, grupo social
del Estado, puede encontrarse al interior de las relaciones de explotación
con los productores directos".
La continuación de este debate debería llamar la atención
sobre las confusiones teóricas ligadas a la caracterización
de fenómenos políticos en términos directamente sociológicos,
en detrimento de la especificidad del campo y de las categorías políticas.
Muchos equívocos atribuidos a la categoría "de Estado obrero",
aunque fuera espurio, surgen de allí. Es probablemente también
el caso de la noción de "partido obrero", que tiende a referir la
función de una fuerza política en un juego de oposiciones y
de alianzas, a una "naturaleza" social profunda.
TEOREMA 3: LA LUCHA DE CLASES NO SE DISUELVE EN LAS IDENTIDADES COMUNITARIAS.
Durante un tiempo demasiado largo, el marxismo llamado "ortodoxo" atribuyó
al proletariado una misión según la cual su conciencia al reunirse
con su esencia, volviéndose en suma lo que él es, sería
el redentor de la humanidad entera. Las desilusiones del día siguiente
son, para muchos, proporcionales a las ilusiones de la víspera: por
no haberse transformado en un "todo", este proletariado sería, a partir
de ese momento, reducido a menos que nada.
Conviene comenzar recordando que la concepción de la lucha de clases
en Marx no tiene mucho que ver con la sociología universitaria. Si
prácticamente no se encuentra en él un enfoque estadístico
de la cuestión, no es principalmente en razón del estado embrionario
de la disciplina en ese momento (el primer Congreso Internacional de Estadística
data de 1854), sino por una razón teórica más fundamental:
la lucha de clases es un conflicto inherente a la relación de explotación
capital/trabajo que rige la acumulación capitalista y resulta de la
separación entre productores y medios de producción. No se
encuentra entonces en Marx ninguna definición clasificatoria, normativa
y reductora de las clases, sino una concepción dinámica de
su antagonismo estructural, a nivel de la producción, de la circulación
como de la reproducción del capital: en efecto, las clases jamás
son definidas solamente a nivel del proceso de producción (del cara
a cara entre trabajador y patronal en la empresa), sino determinadas por
la reproducción del conjunto donde entran en juego la lucha por el
salario, la división del trabajo, las relaciones con los aparatos
del Estado y con el mercado mundial. De eso resulta claramente que el proletariado
no está definido por el carácter productivo del trabajo que
aparece notoriamente en el Libro II del Capital, con respecto al proceso
de circulación. En sus aspectos centrales, estas cuestiones fueron
tratadas y discutidas ampliamente en los años setenta, en clara oposición
a las tesis entonces defendidas tanto por el Partido Comunista en su tratado
sobre El capitalismo monopolista de Estado, como inversamente por Poulantzas
o por Baudelot y Establer.(10)
Marx habla generalmente de los proletarios. En general, en el siglo XIX,
se hablaba de las clases trabajadoras en plural. Los términos en alemán,
Arbeiterklasse, e inglés, working class, se mantenían bastante
generales, mientras que el término classe ouvriere, corriente en el
vocabulario político francés, conlleva una connotación
sociológica restrictiva propicia a los equívocos: remite al
proletariado industrial moderno, excluyendo al asalariado de los servicios
y del comercio, aunque éste sufre condiciones de explotación
análogas, desde el punto de vista de su relación con la propiedad
privada de los medios de producción, de su ubicación en de
la división del trabajo, o más aún de la condición
asalariada y del monto de su remuneración.
Michel Cahen opina con razón que, a pesar de haber aparentemente perdido
actualidad, el término proletariado sea quizás teóricamente
preferible al de clase obrera. En las sociedades desarrolladas representa
efectivamente entre dos tercios y cuatro quintos de la población activa.
La cuestión interesante no es la de su desaparición anunciada,
sino la de sus metamorfosis sociales y de sus representaciones políticas,
dando por entendido que su vertiente industrial propiamente dicha, aun cuando
conoció un descenso efectivo en el transcurso de los últimos
veinte años (de 35% a 26% más o menos de la población
activa), todavía está lejos de la extinción. Así
lo remarcan Beaud y Pialoux en su estudio sobre Mont béliard.(11).
Más bien "se había vuelto invisible", y las ciencias sociales
universitarias no dejan de tener responsabilidad en este ocultamiento.
Por el contrario, es significativo que Boltanski y Chiapello retornen hoy
a un análisis crítico del capitalismo contemporáneo,
recolocando en el corazón de sus contradicciones el lazo orgánico
entre explotación y exclusión. Además, el endurecimiento
de las relaciones de clase hay que encararlas desde una perspectiva internacional.
Entonces se hace evidente lo que Michel Cohén llama "la proletarización
del mundo". Mientras que en 1900, sumaban alrededor de 50 millones los trabajadores
asalariados de una población global de 1000 millones, hoy en día
son alrededor de 2000 sobre 6000 millones.
La cuestión es entonces de orden teórico, cultural y específicamente
político más que estrictamente sociológico. La noción
de clases es en sí misma el resultado de un proceso de formación
(cf. E. P. Thompson. La formación de la clase obrera inglesa), de
luchas y de organización, en el curso del cual se constituye la conciencia
de un concepto teórico y de una auto-determinación nacida de
la lucha: el sentimiento de pertenencia de clase es tanto el resultado de
un proceso político de formación como de una determinación
sociológica. El debilitamiento de esta conciencia, ¿significa
entonces recíprocamente la desaparición de las clases y de
sus luchas? Este debilitamiento, ¿es coyuntural (vinculado a los flujos
y reflujos de la lucha) o estructural (como resultado de los nuevos procedimientos
de dominación, no solo sociales sino también culturales e ideológicos,
de lo que Michel Surya llama "el capitalismo absoluto"), siendo los discursos
de la posmodernidad su expresión ideológica? En otras palabras,
si la efectividad de la lucha de clases está ampliamente verificada
en lo cotidiano, ¿la fragmentación y el individualismo posmodernos
permiten todavía concebir el renacimiento de colectividades solidarias?
La generalización del fetichismo mercantil y de la alineación
consumista, el frenesí por lo efímero e inmediato, ¿permiten
que renazcan proyectos duraderos, más allá de momentos de fusión
intensa sin porvenir?
Diversas corrientes de la sociología crítica insisten, dentro
de este contexto, en la dimensión constructivista de la noción
de clase. Pero el constructivismo es una denominación amplia. Si se
trata de decir que toda noción teórica es una elaboración
(ningún concepto, comenzando por el de perro, es el puro reflejo de
una sustancia), es una banalidad. Si se trata de decir que todo concepto
es una pura convención de lenguaje y el efecto de relaciones de fuerzas
dentro del campo teórico, sin tener que rendir cuentas a la realidad,
es lisa y llanamente una recaída en el idealismo mal concebido. En
ese caso extremo, habría una paradoja constructivista: si la lucha
de clases fuera antes que nada un efecto de lenguaje, eso sería una
razón más para estructurar la representación del mundo
en términos de clase contra sus representaciones en términos
de enfrentamientos raciales, étnicos o confesionales. En efecto, desdibujar
la lucha de clases (especialmente en su dimensión internacionalista)
y la crisis de las legitimidades nacionales alimentan en los tumultos de
la mundialización mercantil, una reformulación racial o religiosa
de los conflictos comunitarios. Lejos de reducirse a un cambio tardío
propio del totalitarismo burocrático disociado de sus elementos constitutivos,
los impulsos purificadores en marcha en los Balcanes se inscriben dentro
de una tendencia planetaria mucho más general e inquietante pero de
un forma diferente a la que imaginan las inteligencias serviles de la OTAN
cuando se contentan con verlos como los últimos sobresaltos del totalitarismo
"comunista".
Una de las tareas teóricas prioritarias debería relacionarse
entonces no solamente con las metamorfosis sociológicas del asalariado,
sino con las transformaciones en curso de la relación salarial en
términos de régimen de acumulación, tanto desde la perspectiva
de la organización del trabajo como de las regulaciones político
jurídicas y de lo que Frederic Jameson llama "la lógica cultural
del capitalismo tardío". La crítica del ultraliberalismo, en
reacción a la contrareforma de los años Thatcher Reagan corre,
en efecto, el riesgo de equivocarse de meta si, obsesionada por la imagen
de una selva mercantil en pos de una desregulación salvaje, no mide
las reorganizaciones y los intentos de re regulación en curso. La
dominación del capital, como lo recuerden acertadamente Boltanski
y Chiapello no podría durar bajo la forma desnuda de una explotación
opresión sin legitimidad ni justificación (no hay imposición
duradera sin hegemonía, decía de otra manera Gramsci...).
ESCOLIO 3.1.
Lo que está a la orden del día, es entonces la redefinición
de una estructura global, de una organización territorial, de relaciones
jurídicas, que renueven en función de las fuerzas productivas
actuales (nuevas tecnologías) las condiciones generales de acumulación
del capital y de la reproducción social. Es en este marco donde se
inscriben las crisis de transformación de las fuerzas políticas
tradicionales, la democracia cristiana, los conservadores británicos,
la derecha francesa, y el cuestionamiento de la función que ellas
cumplían desde la guerra en el marco del compromiso del Estado nacional;
y es también en ese marco, donde se inscriben las transformaciones
de los partidos socialdemócratas, cuyas élites, a través
de la privatización del sector público y la fusión de
las élites privadas con la nobleza de Estado, están cada vez
más integradas orgánicamente a los estratos dirigentes de la
burguesía. Alimentados por las debilidades de las formaciones burguesas
tradicionales en plena reconversión, esos partidos están llamados
a menudo a asumir transitoriamente el protagonismo del aggiornamiento del
capital, arrastrado hacia su órbita, los restos de los partidos post
stalinistas sin proyecto y la mayor parte de los partidos verdes sin resistencia
doctrinaria a la institucionalización acelerada.
Lo que se perfila entonces, tanto en el manifiesto por una tercera vía
de Blair-Schroder, como por a través de proyectos de una Europa social
de mínimos, debatidos durante la cumbre europea de Lisboa, o más
aún por medio de maniobras de la patronal francesa sobre el tema de
la "refundación social", no es un liberalismo sin reglas, sino una
nueva relación salarial inscrita en una forma inédita de liberal-corporativismo
o liberal-populismo. En efecto, habría que ser peligrosamente miope
para imaginar al populismo de mañana solamente bajo la forma tan particularmente
francesa de un soberanismo a la manera de Pasqua-Villiers. La cruzada a favor
del accionariado asalariado, los fondos de pensión (en detrimento
de la solidaridad), y la "refeudalización" del lazo social (denunciada
por Alain Supiot) por la primacía jurídica del contrato individual
(a menudo sinónimo de subordinación personal en sociedades
fuertemente desiguales) por encima de la relación impersonal con la
ley, todo eso perfila, en efecto, una nueva asociación corporativa
capital-trabajo, en la cual una pequeña franja de ganadores podría
salvarse en perjuicio de la masa de víctimas de la mundialización.
En ciertas situaciones, esta tendencia es perfectamente compatible con formas
convulsivas de nacional-liberalismo a la manera de Putin o de Haider.
Por otra parte, es por eso que es perfectamente inoperante y posiblemente
engañoso, tratar el caso Haider por analogía con los años
treinta, en lugar de vincularlo con las formas contemporáneas y probablemente
inéditas del peligro, legitimando en nombre de antifascismo reflejo
de la unión sagrada basada en la conciencia limpia consensuada. Si
es justo participar en las movilizaciones contra Haider (sin olvidar, sin
embargo, las complacencias de una parte de sus detractores bien pensantes
con Berlusconi, Fini, Millon, Blanc y otros) y, sobre todo apoyar aquéllas
de la de la juventud austríaca en lugar de aislarla con un estúpido
boicot, lo cual podría contribuir a no olvidar que Haider es primeramente
también un producto de trece años de coalición entre
conservadores y socialdemócratas, de una determinada opción
de construcción de la unidad europea y de políticas de austeridad
que le permitieron llegar adonde está.
Más que representar farsas de las tragedias de ayer o de anteayer,
sería entonces imperante pensar las formas singulares que pueden asumir
las amenazas en el mundo de hoy, el rol de los regionalismos en la reconfiguración
europea, los matrimonios entre nacionalismo y liberalismo. A su manera, a
Haider no le falta por cierto humor negro cuando proclama "Blair y yo contra
las fuerzas del conservadurismo".(12) Nuestros dos partidos, precisa, "quieren
escapar a las rigideces del Estado benefactor sin crear injusticia social".
Los dos quieren “la ley y el orden". Los que consideran que los que están
en condiciones de trabajar no deben ser incentivados para la inactividad
por medio de las formas de asistencia (lo mismo que dice la Medef [la patronal]
francesa para justificar el Care). Los dos estiman que "la economía
de mercado, a condición de ser flexibilizada, puede crear nuevas oportunidades
para los asalariados y las empresas." El Partido Laborista así como
el FPÓ tienen entonces un acercamiento "no dogmático a aquel
mundo en plena transformación en el que vivimos", mientras que "las
viejas categorías de izquierda y derecha se vuelven caducas": "Blair
y el Laborismo, ¿son de derecha so pretexto de aceptar los acuerdos
de Scbengen y de ser favorables a una legislación estricta acerca
de la inmigración?", pregunta Haider. Y responde, "si Blair no es
un extremista, entonces Haider no lo es tampoco".
A buen entendedor... Hay que agregar que el regional populista Haider es
tan partidario de la OTAN como lo es Blair, ¡y aun más partidario
que él del euro!
ESCOLIO 3.2.
La reciente aparición de un texto inédito de Lukács,
de 1926, en defensa de Historia y conciencia de clase, aporta una aclaración
interesante que invalida hasta cierto punto las interpretaciones ultrahegelianas
de Lukács según las cuales el Partido sería finalmente
la forma encontrada del Espíritu absoluto. (13) Atacado por "subjetivismo"
por Rudas y Déborine durante el Vº Congreso de la Internacional
Comunista el de la bolchevización zinovievista, Lukács rechaza
el argumento de Rudas, según el cual el proletariado está condenado
a actuar conforme a su ser y la tarea del partido se reduce a "anticipar
ese desarrollo". Para Lukács, el rol específico (político)
del partido surge del hecho de que la formación de la conciencia de
clase choca constantemente con el fenómeno del fetichismo y de la
cosificación. Como lo señala Slavo Zizek en su epílogo,
el partido juega en él el papel de término medio en el silogismo
entre la historia (lo universal) y el proletariado (lo particular), en tanto
que para la socialdemocracia, el proletariado es el término medio
entre la historia y la ciencia (encarnada por el partido educador) y en el
stalinismo, el partido se vale del sentido de la historia para legitimar
su dominación sobre el proletariado.
TEOREMA 4: LA DIFERENCIA CONFLICTUAL NO SE DISUELVE EN LA DIVERSIDAD AMBIVALENTE.
Como reacción contra una representación reduccionista del conflicto
social al conflicto de clase, es la hora de la pluralidad de los espacios
y de las contradicciones. En su singularidad concreta e irreductible, cada
individuo es en efecto una combinación original de pertenencias múltiples.
La mayor parte de los discursos de la postmodernidad, como ciertas tendencias
del marxismo analítico, llevaron esta crítica antidogmática
hasta la disolución de las relaciones de clase en las aguas turbias
del individualismo metodológico. No son solamente las oposiciones
de clase, sino más generalmente las diferencias conflictivas, que
se diluyen entonces en lo que ya Hegel llamaba "una diversidad sin diferencia":
una constelación de singularidades indiferentes.
Es cierto que lo que pasa por ser una defensa de la diferencia se reduce
a menudo a una tolerancia liberal permisiva que es el reverso consumista
de la homogeneización mercantil. Frente a ese simulacro de diferencia
y a su individualismo sin individualidad, las reivindicaciones identitarias
tienden al contrario a hipostasiar y naturalizar la diferencia de género
o de raza. No es la noción de diferencia la que es problemática
(ella permite construir oposiciones estructurantes), sino su naturalización
biológica o su absolutización identitaria. Así, mientras
que la diferencia es una mediación en la construcción de lo
universal, la extrema dispersión por sí misma lleva a la renuncia
de esta construcción. Cuando se renuncia a lo universal, afirma acertadamente
Alain Badiou, lo que triunfa es el horror universal.
Esta dialéctica de la diferencia y de la universalidad está
en el corazón de las dificultades que frecuentemente nos cuesta resolver,
como lo ilustran las discusiones y las incomprensiones acerca de la igualdad
o del rol del movimiento homosexual. A diferencia del movimiento que proclama
la abolición de las diferencias de género en beneficio de prácticas
sexuales no exclusivas, hasta rechazar toda afirmación colectiva duradera
lógicamente reduccionista, Jacques Fortín, en su Adieu aux
normes, esboza una dialéctica de la diferencia afirmada por constituir
una relación de fuerza frente a la opresión y de su debilitamiento
deseado en un horizonte de universalidad concreta.
El discurso proclama, al contrario, la eliminación inmediata de las
diferencias. Su retórica del deseo, en la que se pierde la lógica
de las necesidades sociales, es el adelantado de un deseo de consumación
compulsivo. El sujeto, viviendo en el momento una sucesión de identidades
sin historia, no es más el (la) homosexual militante, sino el individuo
cambiante, no específicamente sexuado o definido por su raza, sino
simple espejo roto de sus sensaciones y sus deseos. No es para nada sorprendente
que este discurso haya tenido una buena acogida por parte de la industria
cultural norteamericana, puesto que la fluidez reivindicada por el sujeto
está perfectamente adaptada al flujo incesante de los intercambios
y de las modas. Al mismo tiempo, la transgresión que representaba
un desafío a las normas y anunciaba la conquista de nuevos derechos
democráticos se banaliza como momento lúdico constitutivo de
la subjetividad consumista.
Paralelamente, ciertas corrientes oponen a la categoría social de
género, la "más concreta, específica y corporal" de
sexo. Pretenden sobrepasar el "feminismo del género" en beneficio
de un "pluralismo sexual". No es sorprendente que un movimiento tal implique
un rechazo simultáneo del marxismo y del feminismo crítico.
Las categorías marxistas habrían, en efecto, proporcionado
una herramienta eficaz para pensar las cuestiones de género directamente
ligadas a las relaciones de clase y a la división social del trabajo,
pero para comprender "el poder sexual" y fundar una economía de los
deseos distinta de la de las necesidades, sería necesario inventar
una teoría autónoma (inspirada en la biopolítica "foucaltiana").
Al mismo tiempo, la nueva tolerancia mercantil del capital hacia el mercado
gay conduce a atenuar la idea de su hostilidad orgánica hacia orientaciones
sexuales improductivas. Esta idea de un antagonismo irreductible entre el
orden moral del capital y la homosexualidad permitía creer en una
subversión espontánea del orden social por medio de la simple
afirmación de la diferencia: era suficiente que los homosexuales se
proclamaran como tales para estar en contra de él. La crítica
de la dominación homofóbica puede entonces terminar en el desafío
de la autoafirmación y en la naturalización estéril
de la identidad. Si, al contrario, las características de hetero y
homosexualidad son categorías históricas y sociales, su relación
conflictiva con la norma implica la dialéctica de la diferencia y
de su superación, reivindicada por Jacques Fortín.
Esta problemática, evidentemente fecunda cuando se trata de las relaciones
de género o de comunidades lingüísticas y culturales,
no deja de tener consecuencias en lo que concierne a la representación
misma de los conflictos de clase. Ulrich Beck ve en el capitalismo contemporáneo
la paradoja de un "capitalismo sin clase". Lucien Séve no teme afirmar
que, "si hay por cierto una clase en un polo de la constricción, el
hecho desconcertante es que no hay clase en el otro". El proletariado se
habría disuelto en la alineación generalizada; se trataría
entonces, a partir de ahora, "de librar una batalla de clase no ya en nombre
de una clase sino de la humanidad".
O bien se trata allí, en la tradición marxista, de una banalidad
que consiste en recordar que la lucha por la emancipación del proletariado
constituye, bajo el capitalismo, la mediación concreta de la lucha
por la emancipación universal de la humanidad. O bien, se trata de
una innovación teórica colmada de consecuencias estratégicas,
por lo demás presentes en el libro de Lucien Séve: la cuestión
de la apropiación social no es más esencial a sus ojos (es
lógico, en consecuencia, que la explotación se vuelva secundaria
con respecto a la alienación universal); la transformación
social se reduce a "transformaciones [¿de "desalienación"?],
no más súbitas, sino permanentes y graduales"; la cuestión
del Estado desaparece en la de la conquista de los poderes (título,
en otro tiempo, de un libro de Gilles Martinet), "la formación progresiva
de una hegemonía conduce tarde o temprano al poder en las condiciones
de un consentimiento mayoritario", sin enfrentamientos decisivos (de Alemania
a Portugal pasando por España, Chile o Indonesia, este "consentimiento
mayoritario" sin embargo ¡hasta el día de hoy nunca se ha verificado!
Encontramos el mismo tenor en Roger Martelli, para quien "lo esencial ya
no es preparar el traspaso de poder de un grupo a otro, sino comenzar a dar
a cada individuo la posibilidad de apropiarse de las condiciones individuales
y sociales de su vida". La temática anti-totalitaria muy legítima
de la liberación individual desemboca entonces en un placer solitario
en el que viene a diluirse la emancipación social.
Si hay por cierto interacción entre las formas de opresión
y de dominación, y no un efecto mecánico directo de una forma
particular (la dominación de clase) sobre las otras, queda por determinar
con más precisión el poder de esas interacciones en una época
dada y al interior de una relación social determinada. ¿Se
trata solamente de una yuxtaposición de espacios y de contradicciones
que pueden dar lugar a coaliciones coyunturales y variables de intereses?
En cuyo caso la única unificación concebible procedería
de un puro voluntarismo moral. O bien, ¿la lógica universal
del capital y del fetichismo mercantil afecta a todas las esferas de la vida
social, hasta el punto de crear las condiciones de una unificación
relativa de las luchas (sin implicar, sin embargo, por ser tan discordantes
los tiempos sociales, la reducción de las contradicciones a una contradicción
dominante)?
No se trata de oponer a la inquietud posmoderna una totalidad abstracta fetichizada,
sino admitir que la de-stotalización (o de-construcción) es
indisociable de la totalización concreta, que no es una totalidad
a priori sino un devenir de la totalidad. Esta totalización en proceso
pasa por la articulación de la experiencia, pero la unificación
subjetiva de las luchas surgiría de una voluntad arbitraria (dicho
de otro modo, de un voluntarismo ético) si ella no reposara sobre
una unificación tendencial de las cuales el capital, comprendido allí
bajo las formas perversas de la mundialización mercantil, es el agente
impersonal.
TEOREMA 5: LA POLÍTICA NO SE DISUELVE NI EN LA ÉTICA, NI EN
LA ESTÉTICA.
Hannah Arendt temía que la política terminara por desaparecer
completamente del mundo, no solamente por la abolición totalitaria
de la pluralidad, sino también por la disolución mercantil
que es su cara oculta. Este temor está confirmado por el hecho de
haber entrado en una era de despolitización, donde el espacio público
está recortado por las fuerzas violentas que acompañan el horror
económico y por un moralismo abstracto. Este debilitamiento de la
política y de sus atributos (el proyecto, la voluntad, la acción
colectiva) impregna la jerga de la posmodernidad. Más allá
de los efectos de la coyuntura, esta tendencia traduce una crisis de las
condiciones de la acción política bajo el impacto de la compresión
espacio temporal. El culto moderno del progreso significaba una cultura del
tiempo y del devenir en detrimento del espacio, reducido a un rol accesorio
y contingente. Como lo señalaba Foucault, el espacio se había
convertido en el equivalente de lo muerto, lo fijo, de la inmovilidad, al
oponerlo a la riqueza y la fecundidad dialéctica del tiempo viviente.
Las rotaciones endiabladas del capital y el ensanchamiento planetario de
su reproducción trastocan las condiciones de su valorización.
Es este fenómeno el que expresa el sentimiento, tan intenso desde
hace dos décadas, de reducción de la duración al instante
y de desaparición del lugar en el espacio.
Si la estetización de la política es una tendencia recurrente
inherente a las crisis de la democracia, la admiración por lo local,
la búsqueda de los orígenes, la sobrecarga ornamental y el
simulacro de la autenticidad revelan sin ninguna duda un vértigo angustiado
al comprobar la impotencia de la política puesta frente a condiciones
que se han tornado inciertas.
Que la política sea, en una primera aproximación, concebida
como el arte del pastor o como el del tejedor, implica en efecto una escala
de espacio y de tiempo, de los cuales la ciudad (con su plaza pública
y el ritmo de los mandatos electivos) es la forma. Se habla tanto más
de ciudadanía que la ciudad y el ciudadano se tornan inhallables en
el desorden general de las escalas y de los ritmos. Sin embargo, vivimos
siempre "en un período donde hay ciudades y donde el problema de la
política surge porque nosotros pertenecemos a. este período
cósmico durante el cual el mundo es librado a su suerte". La política
no nos libera en cuanto arte profano de la duración y del espacio,
de trazar y de desplazar las líneas de lo posible en un mundo sin
dioses.
COROLARIO 5.1: LA HISTORIA NO SE DISUELVE EN UN TIEMPO PULVERIZADO SIN MAÑANA.
El rechazo posmoderno de los grandes relatos no implica solamente una crítica
legítima a las ilusiones del progreso asociadas al despotismo de la
razón instrumental. Significa también una de-construcción
de la historicidad y un culto a lo inmediato, lo efímero, lo descartable,
donde proyectos de mediano plazo no tienen más cabida. En la conjugación
de los tiempos sociales desajustados, la temporalidad política es
precisamente la del mediano plazo, entre el instante fugitivo y la eternidad
inalcanzable. Exige de ahora en más una escala móvil de la
duración y de la decisión.
COROLARIO 5.2: EL LUGAR Y EL SITIO NO SE DISUELVEN EN EL SILENCIO TEMIBLE
DE LOS ESPACIOS INFINITOS.